miércoles, 23 de noviembre de 2011

El gato negro


No espero ni pido que alguien crea en el extraño aunque simple relato que me dispongo a escribir. Loco estaría si lo esperara, cuando mis sentidos rechazan su propia evidencia. Pero no estoy loco y sé muy bien que esto no es un sueño. Mañana voy a morir y quisiera aliviar hoy mi alma. Mi propósito inmediato consiste en poner de manifiesto, simple, sucintamente y sin comentarios, una serie de episodios domésticos. Las consecuencias de esos episodios me han aterrorizado, me han torturado y, por fin, me han destruido. Pero no intentaré explicarlos. Si para mí han sido horribles, para otros resultarán menos espantosos que barrocos. Más adelante, tal vez, aparecerá alguien cuya inteligencia reduzca mis fantasmas a lugares comunes; una inteligencia más serena, más lógica y mucho menos excitable que la mía, capaz de ver en las circunstancias que temerosamente describiré, una vulgar sucesión de causas y efectos naturales. 

lunes, 21 de noviembre de 2011

Las primeras bibliotecas:


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Hoy en día es muy común encontrar bibliotecas en todos, o la gran mayoría, de los barrios de cada ciudad, y en contados casos unas dos por localidad.
En sus comienzos las bibliotecas eran sinónimos de archivos, de esta manera surgen las primeras de la historia dentro de la cultura  mesopotámica.  Nacieron dentro de sus templos y a diferencia de las actuales bibliotecas, aquellas primeras tenían formato de archivos. Su principal   función era la de conservadora, de registro de hechos ligados a la actividad religiosa, política, económica y administrativa, al servicio de una casta de escribas y sacerdotes. Los documentos se escribían en escritura cuneiforme en tablillas de barro,  un soporte basto y pesado, pero que ha garantizado su conservación.
Estas primeras fueron las de Lagash, Ebla, o la famosa del rey asirio Assurbanipal, donde se guardaban tablillas de barro.

¿Cómo se construían las primeras bibliotecas mesopotámicas?

La antigua cultura mesopotámica se caracterizó por sus innovadoras construcciones en arcilla, ladrillos, madera y piedra, materiales muy primitivos en cuanto a la construcción para el contexto socio- histórico en el cual se desarrollaron.
Las bibliotecas siempre estaban ubicadas dentro de los palacios. Eran más similares a una colección personal que publica. La ubicación de los muros era  en espacios específicos, ya que la no sólo se mantenían colecciones, sino también archivos de administración, leyes o de economía. La sala en donde se mantenían los libros eran almacenes o bodegas, el corte de la bóveda lleva incrustada una franja de esmalte; los jambajes son completamente lisos o bien simulan animales fantásticos (toros alados con cabezas humanas) de los que los hebreos sacaron el cherubím y que los asirios veneraban como las divinidades guardianas de las puertas de los palacios.

Ebla:

La antigua ciudad real de Ebla esta ubicada a 80 Km al sur de Alepo. Está biblioteca es la más antigua encontrada hasta el momento. Tienen dos habitaciones, una de carácter económico y la segunda, más grande que la anterior y que contenía textos diversos: Administrativos, legales, históricos, religiosos y lingüístico. En las habitaciones había estanterías que adornaban las habitaciones y que obviamente contenían el material, las estanterías estaban hechas de madera, y de acuerdo a su forma (la de las tablillas) era en la forma en que se colocaban. Las tabletas estaban con etiquetas para su identificación de contenido.

Lagash:

La biblioteca de Lagash estaba formada por muchas habitaciones, que se comunicaban entre sí, sin puertas y con ningún acceso al exterior. En las paredes había adornos, que eran bancos de obra de unos 60cm de profundidad donde se ponían las tabletas, también contaban con cestas de mimbre.

Textos

En sus estantes había tablillas de barro o arcilla, por lo que eran abundantes.






miércoles, 12 de octubre de 2011

Un elefante ocupa mucho espacio


Que un elefante ocupa mucho espacio lo sabemos todos. Pero que Víctor, un elefante de circo, se decidió una vez a pensar "en elefante", esto es, a tener una idea tan enorme como su cuerpo... ah... eso algunos no lo saben, y por eso se los cuento:
Verano. Los domadores dormían en sus carromatos, alineados a un costado de la gran carpa. Los animales velaban desconcertados. No era para menos: cinco minutos antes el loro había volado de jaula en jaula comunicándoles la inquietante noticia. El elefante había declarado huelga general y proponía que ninguno actuara en la función del día siguiente.
-¿Te has vuelto loco, Víctor?- le preguntó el león, asomando el hocico por entre los barrotes de su jaula. -¿Cómo te atreves a ordenar algo semejante sin haberme consultado? ¡El rey de los animales soy yo!
La risita del elefante se desparramó como papel picado en la oscuridad de la noche:
-Ja. El rey de los animales es el hombre, compañero. Y sobre todo aquí, tan lejos de nuestras selvas...
- ¿De qué te quejas, Víctor? -interrumpió un osito, gritando desde su encierro. ¿No son acaso los hombres los que nos dan techo y comida?
- Tú has nacido bajo la lona del circo... -le contestó Víctor dulcemente. La esposa del criador te crió con mamadera... Solamente conoces el país de los hombres y no puedes entender, aún, la alegría de la libertad...
- ¿Se puede saber para qué hacemos huelga? -gruñó la foca, coleteando nerviosa de aquí para allá.
- ¡Al fin una buena pregunta! -exclamó Víctor, entusiasmado, y ahí nomás les explicó a sus compañeros que ellos eran presos... que trabajaban para que el dueño del circo se llenara los bolsillos de dinero... que eran obligados a ejecutar ridículas pruebas para divertir a la gente... que se los forzaba a imitar a los hombres... que no debían soportar más humillaciones y que patatín y que patatán. (Y que patatín fue el consejo de hacer entender a los hombres que los animales querían volver a ser libres... Y que patatán fue la orden de huelga general...)
- Bah... Pamplinas... -se burló el león-. ¿Cómo piensas comunicarte con los hombres? ¿Acaso alguno de nosotros habla su idioma?
- Sí -aseguró Víctor. El loro será nuestro intérprete -y enroscando la trompa en los barrotes de su jaula, los dobló sin dificultad y salió afuera. En seguida, abrió una tras otra las jaulas de sus compañeros.
Al rato, todos retozaban en los carromatos. ¡hasta el león!
Los primeros rayos de sol picaban como abejas zumbadoras sobre las pieles de los animales cuando el dueño del circo se desperezó ante la ventana de su casa rodante. El calor parecía cortar el aire en infinidad de líneas anaranjadas... (los animales nunca supieron si fue por eso que el dueño del circo pidió socorro y después se desmayó, apenas pisó el césped...)
De inmediato, los domadores aparecieron en su auxilio:
- Los animales están sueltos!- gritaron acoro, antes de correr en busca de sus látigos.
- ¡Pues ahora los usarán para espantarnos las moscas!- les comunicó el loro no bien los domadores los rodearon, dispuestos a encerrarlos nuevamente.
- ¡Ya no vamos a trabajar en el circo! ¡Huelga general, decretada por nuestro delegado, el elefante!
- ¿Qué disparate es este? ¡A las jaulas! -y los látigos silbadores ondularon amenazadoramente.
- ¡Ustedes a las jaulas! -gruñeron los orangutanes. Y allí mismo se lanzaron sobre ellos y los encerraron. Pataleando furioso, el dueño del circo fue el que más resistencia opuso. Por fin, también él miraba correr el tiempo detrás de los barrotes.
La gente que esa tarde se aglomeró delante de las boleterías, las encontró cerradas por grandes carteles que anunciaban: CIRCO TOMADO POR LOS TRABAJADORES. HUELGA GENERAL DE ANIMALES.
Entretanto, Víctor y sus compañeros trataban de adiestrar a los hombres:
- ¡Caminen en cuatro patas y luego salten a través de estos aros de fuego! ¡Mantengan el equilibrio apoyados sobre sus cabezas!
- ¡No usen las manos para comer! ¡Rebuznen! ¡Maúllen! ¡Ladren! ¡Rujan!

- ¡BASTA, POR FAVOR, BASTA! - gimió el dueño del circo al concluir su vuelta número doscientos alrededor de la carpa, caminando sobre las manos-. ¡Nos damos por vencidos! ¿Qué quieren?
El loro carraspeó, tosió, tomó unos sorbitos de agua y pronunció entonces el discurso que le había enseñado el elefante:
- ... Con que esto no, y eso tampoco, y aquello nunca más, y no es justo, y que patatín y que patatán... porque... o nos envían de regreso a nuestras selvas... o inauguramos el primer circo de hombres animalizados, para diversión de todos los gatos y perros del vecindario. He dicho.
Las cámaras de televisión transmitieron un espectáculo insólito aquel fin de semana: en el aeropuerto, cada uno portando su correspondiente pasaje en los dientes (o sujeto en el pico en el caso del loro), todos los animales se ubicaron en orden frente a la puerta de embarque con destino al África.
Claro que el dueño del circo tuvo que contratar dos aviones: En uno viajaron los tigres, el león, los orangutanes, la foca, el osito y el loro. El otro fue totalmente utilizado por Víctor... porque todos sabemos que un elefante ocupa mucho, mucho espacio...

-por Elsa Bornemann

Para escuchar.

jueves, 22 de septiembre de 2011

Biblioteca Popular Julio A. Roca

75 años acompañando a la sociedad roquense.




La Biblioteca Popular Julio A. Roca fue fundada el 29 de abril de 1936 en General Roca, Río Negro.  Es una asociación civil autónoma, sin fines de lucro dirigida y representada  por una Comisión Directiva de socios.
A lo largo de más de siete décadas ha dado origen a prestigiosas entidades, como la Casa de la Cultura o el Museo Regional Lorenzo Vintter, entre otros.  Así como también ha apoyado, cooperado y colaborado con las diversas bibliotecas de los barrios, parajes  y de otras localidades.
 Es “un centro generador de cultura y educación permanente”.  Su subsistencia depende del aporte de la cuota de sus socios, y el apoyo de entidades estatales  (como el municipal o provincial, aunque irrugularmente), además de empresas privadas y vecinos. 

Un poco de Historia:
La biblioteca Julio A. Roca funciona en un edificio, de 900 metros cuadrados, otorgado en comodato por 99 años por la municipalidad de General Roca. Abre sus puertas a un público heterogéneo y creciente, de más de 600 personas a diario, desde niños, pasando por adolescentes y jóvenes hasta adultos y adultos mayores; de distintos oficios y profesiones. Provenientes de distintos barrios y localidades aledañas.
Hoy la biblioteca ofrece libros de diversos géneros, juvenil, infantil, novelas y colecciones generales, para prestar a domicilio, así como también videos.  En el 2010 se realizó el préstamo de unos 75.000 libros a domicilio y unas 250.000 consultas en sus salas.
Algunos de los factores que confluyen para que la institución tenga visita y asistencia constante son:
•    Las pocas bibliotecas escolares;
•    Incorporación mensual de libros, con una colección de 65.000 volúmenes, mas de 2.500 videos, diarios, revistas, cassettes, CD, DVD;
•    La permanente difusión de su labor, el mejoramiento ambiental y funcional de la institución;
•    El uso gratuito de sus salas y de la colección en general.

Actividades:
Numerosos grupos e instituciones culturales desarrollan actividades dentro de sus salas, además de charlas, cursos, títeres, conferencias, congresos, talleres, teatro, exposiciones, presentaciones de libros y muchas actividades más.  Cumple sus objetivos básicos de ser una institución que en forma amplia, libre y pluralista, ofrece servicios y espacios para la consulta, expresión, educación, además de actividades culturales y de promoción de la lectura para toda la sociedad.
 La biblioteca Roca abre diariamente sus puertas  a jóvenes y adolescentes que acuden a sus instalaciones en busca de un lugar para estudiar, porque muchas veces las escuelas no cuentan con bibliotecas propias o sitios donde hacerlo.
También se llevan a cabo visitas guiadas a jardines de infantes, estudiantes secundarios y primarios y público en general. Estas visitas han sumado un total de 3500 personas en el 2010.





Reconocimiento a nivel Nacional:
En los últimos años la biblioteca Roca fue reconocida por entidades nacionales como CONABIP (Comisión Nacional de Bibliotecas Populares). La Honorable Legislatura de la Provincia de Rio Negro ha declarado de interés social, educativo y cultural sus actividades de desarrollo especiales de innovación informática, tecnológica y cultural.
 

miércoles, 10 de agosto de 2011

Las Ruinas Circulares, Jorge Luis Borges


Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.

Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.

A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.

Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.

El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.

Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

lunes, 8 de agosto de 2011

Primera Biblioteca Popular Argentina



Actualmente es moneda corriente hablar sobre las bibliotecas populares de nuestro país, donde todos tienen acceso libre y gratuito a la bibliografía que en ellas se encuentra. No solo hablamos de bibliotecas populares como un templo de las editoriales sino también como un lugar de contención tanto para adultos como para niños. Mientras más se recorren estas instituciones mejor se puede apreciar el trabajo que llevan a cabo quienes en ellas trabajan.  Aportando con lo que pueden en la medida de sus capacidades, ya sean conocimientos manuales, talleres o ayuda escolar.
Pero no siempre pudo hablarse de entidades sin fines de lucro y laicas como lo hacemos hoy en día, hasta hace muy poco tiempo, comparándolo con la historia universal, hasta hace solo un par de siglos las bibliotecas pertenecían a instituciones eclesiásticas. Solo se podía acceder a los libros seleccionados  y aprobados. Esto no hacía más que dividir aun mas las aguas, entre los que saben y los que no; entre los que pueden y los que no pueden; los letrados y los ignorantes.

¿Cuándo se creó la primera Biblioteca Popular en Argentina?

Entre las muchas e innovadoras ideas que vieron la luz  en la junta de gobierno de 1810 estuvo, de la mano de Mariano Moreno, la de crear una biblioteca para poder “Educar” a la incipiente sociedad argentina y así crear una opinión pública. A medida que se instruía a la ciudadanía, esta podía informarse por sí misma a través de los diarios de la época, en esta naciente Argentina se trataba de la Gazeta de Bvenos Aires.
 Sus primeros libros fueron donados por las entidades eclesiásticas del país, al igual que sus primeros bibliotecarios, Saturnino Segurola y Fray Cayetano Rodríguez, mientras que el protector de la biblioteca fue Mariano Moreno.  Pero fue recién casi a fines del siglo XIX, cuando la biblioteca tomó carácter de nacional, acompañada de los cambios que vivía el país, tanto en materia económica  como política y social.  “La Biblioteca significaba un cruce, que ya estaba en la vida de estos hombres, entre los compromisos políticos y las labores intelectuales “.
La biblioteca acompañó los cambios que se fueron produciendo en la sociedad argentina conforme a las figuras que iban desfilando por ella y los debates culturales que allí se dieron.
Sus primeros dos años trabajo directamente desde el edificio del cabildo, hasta que en 1812 se trasladó a, lo que hoy se conoce como, “La manzanas de las Luces”, entre la intersección de las calles Moreno y Perú.
En 1960 se destinaron tres hectáreas para la construcción de un nuevo edificio, en el cual pudiera funcionar adecuadamente la institución.  El proyecto fue llevado a cabo por los arquitectos  Clorindo Testa, Francisco Bullrich y Alicia Cazzaniga.  Se construyó un  edificio estilo “Brutalista”.

Hoy:
Salas de lectura:

La sala de lectura principal lleva el nombre de su primer protector, Mariano Moreno. Cuenta con 800.000 libros de acceso gratuito para todo el público, entre los que se encuentran tesis doctorales, además de valiosos y antiguos tomos de colección. Además se dispone de terminales de autoconsulta, donde se encuentran registrados  todo el material bibliográfico. Además de contar con personal especializado para el asesoramiento de acuerdo a las necesidades.
Los usuarios de la biblioteca que además cuentan con credencial de “investigadores”, pueden acceder a gabinetes equipados con computadoras y acceso a internet, para llevar a cabo su trabajo.
Mientras tanto la sala Gregorio Weinberg brinda las mismas comodidades, aunque a ella también puede accederse a estudiar con apuntes o libros particulares.
Entre otras de las destacadas salas no puede dejar de nombrarse la Hemeroteca. Una sala de lecturas inaugurada en 1932 y “se supo desde su inicio guarda del más importante fondo documental”. Su contenido está dividido en cuatro sectores:
•    Sala de Lectura Ezequiel Martínez Estrada, destinada a las publicaciones periodísticas modernas;
•    Sala de Publicaciones Periodísticas antiguas “Roberto Arlt”, el acceso a ella esta destinado únicamente a los investigadores. Cuenta con publicaciones periodísticas editadas hasta 1930;
•    Sala de Lectura Informal, acceso a “estantería abierta” para todos los usuarios.
•    Sala de Referencia Electrónica y Prensa Digitalizada.

La Biblioteca Popular Argentina es un claro reflejo de los cambios sociales que se han producido a lo largo de las últimas centurias en el país.